
II
Lo peor de nuestro exilio es que es un exilio de morondanga. Lleno de viajes, de visitas, incluso de visitas largas como la vida misma, un exilio lleno de internet con chat con google con earth, con el diario de allá en paginitas de acá. Digamos que un exilio con yerba en el supermercado. No tiene ni siquiera la fuerza de las distancias de nuestros nonos separados por barcos pañuelos despedidas de muelles como dios manda, ni siquiera esa dignidad para poder quejarse lloriquear cómo debe ser no volver a ver. En este choricear de cintas casi tele transportadoras se nos enfría un café que iremos a tomar al otro lado del charcocéano inmundicia enorme y separadora entre lugares que ya mismo, hoy en día, están quedando en el mismo lugar pero aún tan lejos tan lejos tan lejos.
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